Cierro los ojos. Intento reconstruir cada paso que he dado hasta llegar hasta aquí. No hablo de estos últimos meses, me remonto más atrás. Tres. Tres años atrás.
Qué bonito es cuando recuerdas desde la distancia de los años y de los daños. Qué bonito es semi-olvidar y sí, digo "semi" porque de lo que jamás me podré olvidar es de ti.
Recuerdo como si fuera ayer el día que caí en el pozo. No me había dado tanto miedo la oscuridad desde que era una renacuaja y lloraba todas las noches porque veía sombras en mi habitación. Qué triste es la oscuridad que no se convierte, con el paso de las horas, en un día nuevo lleno de luz. Qué triste, pero qué bonito cuando me enfocaste con una pequeña linterna señalándome la salida.
Puede resultar paradójico, pero animarte a ti es lo que me animaba a mi. Sentarme esas mañanas de domingo en la grada o frente la tele para verte y enviarte toda mi energía era como el que va al psicólogo, se acuesta y suelta todo eso que le hace daño. Hiciste de psicólogo, de amigo, del mago que era capaz de convertir lágrimas en sonrisas...
Cuando te veía caer me decía: "Ahora fuerte Sara, que el equipo te necesita" y cuando te veía en lo más alto pensaba: "Disfruta de esto, que es un poquito tuyo".
Nunca tuve prisa en salir rápido de esa situación, porque si algo aprendí de ti es que las cosas llegan, tarde o temprano. Viví, sin pretender nada más y cada vez más te sentí parte importante de mi vida. Tanto fue así que, como esa chica enamorada se tatúa el nombre de su amado, yo me tatué tu nombre en mi piel. ¿La diferencia? Sabía y sé que esta unión jamás se rompería. Ya eras ese "algo" intangible que era capaz de materializar si cerraba los ojos.
Hemos vivido muchas cosas juntos. Hemos soñado cada inicio de temporada con lo que nos depararía el paso de los meses. Hemos sonreído cuando escuchábamos el movimiento de la red tras entrar un balón (tú y yo lo sabemos, la red suena y suena a gloria). Hemos llorado cada vez que nos teníamos que despedir de alguien o aquella vez que rozamos con la punta de los dedos el descenso o el Olimpo que habría sido ganar la Eurocup. Nos hemos enfadado, bueno... Me he enfadado yo más contigo que tú conmigo (es lo que tiene ser humana). Hemos vivido.
Han pasado ya unas cuantas horas de esta última, y espero que no única, derrota. Han pasado unas horas pero me han parecido años, tres concretamente.
En el segundo que Kuric se levantó para tirar ese triple se me paró el mundo. Me quedé en blanco. Olvidé lo que había pasado desde que me sacaste del pozo, olvidé el tatuaje y olvidé tu nombre por una milésima de segundo. Era como si cada lágrima que me caía por las mejillas se llevara cada recuerdo con ellas.
Lo mejor de todo ha sido secármelas, volver a recordar, sentir el pecho hinchado de orgullo, volver a sentir la sangre amarilla recorriendo mis venas.
Te prometo que durante esa milésima de segundo no me fui. Durante ese pequeño espacio de tiempo me volví a enamorar de ti y te dije, en nuestro idioma, que aunque ya no haya pozo te necesito en mi vida. Te prometí que hasta que me muera voy a estar ahí, delante de una pantalla o sentada dejándome el alma aplaudiendo cada cosa que hagas.
Y ya tengo claro algo, si cuando con ochenta años escucho a alguien decirme: "mujer, es solo baloncesto", le miraré a la cara y le diré: "no compañera, es un pozo superado y un amor incondicional", te lo prometo.
Hasta la próxima temporada.