Ella no sabe tocar el piano, pero ama tanto la música y el sonido de ese hermoso instrumento, que siente que puede tocarlo con el alma. Daría todo lo que posee por tener el virtuosismo de un pianista, su elegancia, su sensibilidad o su capacidad para emocionar.
Quizás aprender a tocar el piano le habría servido para dejar de ser tan introvertida. Si hubiera aprendido a tocarlo, habría tenido la posibilidad de expresar a través de sus dedos como se sentía en cada momento.
No habría necesitado la palabra para expresar que estaba triste, abandonada y perdida. Habría dejado que Erik Satie, por ejemplo, dijera por ella: 'Hola, da igual mi nombre, pero necesito tu ayuda. No me preguntes exactamente qué necesito porque no lo sé. Siéntate al piano conmigo y no me dejes sola'.
Sin poder evitarlo, recuerda que por alguna parte del dormitorio tiene su caja de música. Después del piano, el sonido que emite esa pequeña caja es el que más le gusta. La busca desesperada. Ahí está, en el banco de madera que hay debajo del ventanal de su habitación.
Es preciosa. Es de color beige, con unas flores talladas por toda su superficie. Huele a madera y a jazmín. No pesa nada. La abre y por unos segundos se deja embriagar por el sonido que emite. No le recuerda a ninguna melodía en concreto, pero le gusta.
La deja encima del banco de madera y decide ponerse a bailar al son de la música. Gira sobre sí misma con los ojos cerrados. Levanta los brazos, los coloca con elegancia y sigue girando. Sonríe después de mucho tiempo, hasta que algo le hace despertar de su dulce sueño. Se da cuenta de que su cajita de música no tiene bailarina.
Y lo recuerda, su caja de música no tiene bailarina porque ella decidió sacarla de ahí y esconderla. La escondió en un cajón oscuro. La encerró el día que ella dejó de soñar, de hacer lo que le gustaba, de amar los pequeños detalles...
La escondió porque no se sentía preparada para afrontar la vida.
El día que lo hizo decidió que no volvería a dejar que la bailarina danzara al son de esa bella melodía hasta que aprendiera a apreciarla. No la dejaría salir hasta que entendiera que tenía que aprender a mostrarse poco a poco, a no tener miedo de sentirse admirada, a valorarse y a crecer cuando la tapa de madera se levantara.
Ahora sí, después de mucho tiempo, se sentía preparada. Ella y su bailarina.
Y como si del más bello piano se tratara, la cogió entre sus manos y la colocó encima de su pequeño pedestal. La hizo girar y girar al ritmo de la música. Admirándola. Sonriendo. Entendiendo que la belleza puede estar en un piano, en una caja de música o en las pequeñas reflexiones que nos hacen seguir avanzando día a día.
Mucho amor.
