Erase una vez en una pequeña isla perdida en el Atlántico, vivía una niña llamada Alma.
Alma era pequeñita como una pepita de ají, tenía ojos negros como la noche y su pelo era tan largo, que le servía de distracción enredándolo entre sus dedos cuando tenía pesadillas al dormir.
Ella era una niña completamente normal y muy muy feliz. Era tan feliz, que no paraba de repetirlo a cada instante. Alma solía decir: '¿Ves esto? – decía mientras señalaba su boca – ¡Soy feliz!'
Cualquiera diría que esa pizpireta niña tenía seis años. Hablaba como una señora de cincuenta y sonreía como una niña de seis.
Siempre supe que esa niña era especial. No especial como todas a las que su mamá se los dice para que dejen de llorar ante una pataleta. Alma era especial, porque con tan solo seis años la escogieron para entrar en un club: 'El club de las niñas luchadoras'.
Las reuniones de ese grupo consistían en ser positivos, hacer caso a los mayores y no dejar de luchar jamás. Es más, esa era la regla número uno de ese club: Nunca hay que dejar de luchar.
Empezar a formar parte de ese grupo, supondría para Alma una serie de cambios que por desgracia, quisiera o no, tendría que aceptar. Para empezar tendría que dejar de vivir en su casa, no ir al colegio y despedir durante algún tiempo, esa hermosa melena que tanta compañía le había hecho.
Eran muchos cambios pero, ¿saben qué? Cuando Alma volviera al cole tendría muchas cosas que contar. En el nuevo hogar donde pasaría muchas noches, conocería a personas un poquito menos especiales que ella, pero igual de mágicas.
¡Ah! También descubrió que si no podía sujetar su preciosa melena para dormir, las pesadillas se irían con ella.
Al fin y al cabo, ella solo quería cumplir la regla número uno de su club: NO DEJAR DE LUCHAR JAMÁS.
Para todos los niños como Alma.
Precioso Sara :)
ResponderEliminarMuchas gracias por todo,preciosa :)
EliminarAlma, una avantera, muy bonita historia :)
ResponderEliminarMuy bonito
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