Un corazón no necesita visitar un lugar para quedarse en él. No necesita tocar para sentir.
Un corazón puede nacer y morir en el lugar de sus sueños.
Eso me pasa con Chile, con ese país de cuecas, copihues y paisajes.
Con ese lugar que vio nacer los mejores poemas de Neruda, los mejores textos de Isabel Allende y el dramatismo más puro de Isidora Aguirre.
Ese país que escuchó a Víctor Jara poner voz a la lucha y morir por lo que creía, que dio vida a los ojos más melancólicos de la música, Violeta Parra.
País de huasos y huasas, acento peculiar y de moais.
Patria que fue lienzo de los cuadros más bonitos que salieron de las manos y pincel de Pedro Lira o Camilo Mori, que danza al son de una guitarra mientras brinda con sus exquisitos vinos.
Lugar donde comer es un placer. Tu cazuela, el charquicán, las empanadas, la marraqueta, el pastel de choclo y tu manjar, manjar de dioses, esos que hicieron de tu tierra una bendición.
A ti que te quiero recorrer.
Visitar Valparaíso, sentir el frío de esa cordillera que te protege, recorrer las calles de Santiago, descubrir los rincones más bonitos de 'La Sebastiana', nadar en tu mar...
Tú que hiciste del 18 de septiembre un día histórico bordando de color oro la palabra 'independencia', que reflejas la unidad de tu tierra en esa estrella plasmada en tu bandera.
En Chile, ahí dejé mi corazón el día que lo conocí y ahí quiero vivir, porque morir jamás podría porque mi alma te pertenece a ti.
¡Viva Chile, mierda!

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